Perdiendo los nervios en 3,2,1…

Hace un mes que Alicia empezó al cole. Un gran cambio en nuestras vidas que nos ha costado un poco sobrellevar…. ¡Vale sí! Me ha costado a MI, ella va feliz en el autobús todas las mañanas, le encanta ir a la escuela.  

Una vez asimilado el paso de los años y el inicio de esta nueva etapa, me propuse hacer las cosas de una manera determinada, lo que quiere decir que en mi cabeza me monté una película digna de nominación a los Óscar, la cual paso a contaros. 

La idea era despertarla con tiempo suficiente para que ella (que es tan perezosa como yo) consiguiera levantarse sola de la cama. Seguidamente, y tras pasar por el baño a hacer un pis, iríamos a desayunar. Este tema es un poco delicado, ya que, partimos de la base que a Alicia recién levantada le cuesta un mundo comer algo consistente. 

Yo me tomaría las cosas con calma, sin agobios, sin mirar continuamente el reloj, sin ponerme nerviosa, sin reñir ni gritar, todo muy ZEN. En mi cabeza parecía totalmente posible, las imágenes eran ideales, nada podía fallar. 

No habían pasado dos semanas desde el inicio del cole y yo ya me había llevado una buena bofetada de realidad. 

La despierto con tiempo suficiente, pero la tengo que llevar en brazos al baño cual saco de patatas, porque todavía parece estar en “trance”; después de hacer pis parece como si se activara de repente y nos vamos a la cocina con energía. 

Esa energía nos dura, exactamente, lo que tardo yo en sentarla en la trona y ponerle el Cola Cao delante. Empiezan los soplidos, el “mamá no quiero”, yo empiezo a mirar el reloj (mierda!), me empiezo a poner nerviosa; paso al PLAN B, pongo los “dibus” que le gustan, procedo al chantaje, cede y empieza a desayunar (¡bien!), eso sí, se lo toma con mucha calma, ésa que yo necesito y ya perdí hace bastante rato. 

Vuelvo a mirar el reloj, me agobio cada vez más, le preparo el aperitivo y la mochila, hago las camas, Alicia sigue mirando la tele hipnotizada y entonces… grito, la riño, le doy el desayuno como buenamente puedo; hay días que se lo toma todo y hay días que no somos capaces a terminarlo. No, no depende de si son magdalenas, galletas o cereales, depende de cómo se haya levantado ese día y del nivel de tranquilidad que yo soy capaz de gestionar. 

La llevo al autobús y ya en casa, me siento la peor madre del mundo, me agobio más, lloro y me doy cuenta que no he disfrutado de ese pequeño tiempo con ella, que es el único que tenemos juntas en todo el día, lloro más.  

Ahora cojo aire profundamente y reflexiono. Habrá días mejores y peores, no somos “súper woman” ni estaremos en modo ZEN todo el tiempo. Perderemos los nervios a menudo, aprenderemos de ello para poder gestionarlo de otra manera. No hay buenas o malas madres porque TODAS hemos pasado y pasaremos por situaciones similares. Solamente necesitamos una cosa, NO SER JUZGADAS. 

 

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